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FICHERO ANTROPOLÓGICO. BARCELONA 2006-012

Los europeos de mediados del siglo XIX tenían un conocimiento bastante limitado de las otras culturas y una gran necesidad de documentarlas, tal como describió Everard Ferdinand Im Thurn, en 1893 “Las fases primitivas de la vida están desapareciendo rápidamente de la faz de la tierra en esta época de continuos viajes y exploraciones, y habría que considerar casi un deber que las personas cultas que viajan por las zonas menos conocidas del mundo registren tales fases, antes de que sea demasiado tarde”. E. F. Im Thurn, en este texto, recomienda la utilización de la fotografía para registrar, además de la fisiología de figura humana como era bastante habitual, las formas de vida de los pueblos ‘primitivos’ antes de que éstas fuesen contaminadas por los hábitos europeos o, en el peor de los casos, exterminados. Fueron muchas las voces que como E. F. Im Thurn propusieron la utilización de esta nueva tecnología seducidas por su automatismo y por su precisión ya que les aportaba una información mucho más veraz que los viejos medios como el dibujo o la pintura.

La fotografía, medio multiplicable, preciso y democrático, fue la que materializó los sueños que tenían los naturalistas y los antropólogos de poder acceder a la visualización de los diferentes tipos raciales. Las fotografías, por su capacidad de evocación, se fueron convirtiendo poco a poco en un sustituto de las experiencias reales y los álbumes de fotografía reemplazaron las funciones de los museos, como fue el caso del álbum Antrhropologisch Ethnologisches Album in Pohotographien de Carl Dammann, publicado en 1876, todo un museo portátil de antropología en el que se reunieron más de 600 fotografías en las que se representaba al hombre en toda su diversidad, convirtiéndose en uno de las más importantes referencias para los antropólogos de aquel periodo. Este tipo de publicaciones y las fotografías. en general, fueron las que familiarizaron a los antropólogos con los rasgos de los miembros de otras culturas, al permitirles viajar de forma virtual a los lugares más lejanos del planeta, en una época en que las expediciones científicas o los viajes no era tan habituales como a finales del siglo XIX y pudieron, desde sus gabinetes situados a miles de kilómetros de distancia de las comunidades que estaban estudiando, acceder a una información a la que anteriormente sólo accedían los etnógrafos: militares, misioneros, cónsules, etc… que eran los que viajaban a los lugares más remotos y hacían el trabajo de campo.

La precisión de la fotografía evidenció aún más la falta de credibilidad que tenían otros medio de representación: como el dibujo, los grabados o las litografías que estaban bastante desprestigiados en la esfera científica ya que en muchos casos la información que aportaban estaba muy distorsionada por las limitaciones técnicas y por la proyección de fantasías que hacían los ilustradores que tenían, generalmente, un gran desconocimiento de los temas que tenían que dibujar, ya que normalmente no entraban en contacto directo con los temas de sus ilustraciones, únicamente se basaban en descripciones literarias que les ofrecían los viajeros o en ilustraciones producidas anteriormente.

La fotografía por sus características se convirtió en uno de los instrumentos privilegiados para el estudio del hombre, y posibilitó que los antropólogos de forma económica, sencilla y veraz obtuviesen una mayor información visual que les permitió sustituir las descripciones por el examen directo, cubriendo de esta manera una de las grandes carencias que tenían los antropólogos frente a otras comunidades científicas, la escasez en los museos de especimenes para poder realizar el examen comparativo del natural, lo que dificultaba enormemente su trabajo y hacía que las hipótesis pesasen más en sus estudios que los hechos, y esto era tomado como una gran limitación en un periodo marcado por el positivismo.

Aunque posiblemente, su visión eurocéntrica les impidió ver que muchas de las fotografías de pueblos “primitivos” que utilizaban y que circulaban por las principales ciudades europeas se basaban también en fantasías, estaban destinadas a satisfacer el deseo que generó la literatura romántica en la sociedad occidental y que lejos de representar las costumbres de los denominados pueblos ‘primitivos’ son también meras caricaturas, en muchos casos los personajes que utilizan como modelos son fotografiados en selvas de cartón, y se les ha disfrazado con indumentaria que no es la que utilizan habitualmente o los han desnudado, especialmente, a las mujeres ya que estas fotografías, en muchos casos, tenían un doble fin: eran utilizadas tanto por la comunidad científica para realizar sus investigaciones, al mismo tiempo que son usadas con fines comerciales y destinadas al consumo de erotismo.

El cuestionamiento de las formas en las que se habían representado a las culturas minoritarias ha puesto en evidencia a la fotografía o mejor dicho a los usos que se hacen de ella ya que no es un medio neutro, como pensaban algunos científicos del siglo XIX, si no un instrumento de proyección ideológica.

El trabajo de Jordi Baron Rubi en Fichero antropológico se inscribe dentro de esta línea, cuestiona ciertos usos de la fotografía vinculados al control social. Para realizar sus series de retratos adopta una estética científica, muy próxima a la que hacían servir los antropólogos o la policía, pero a diferencia de las fotografías vinculadas a la identificación y a la creación de archivos destinados al control, su archivo está desprovisto del elementos represores. Ha creado un fichero de personas anónimas eliminando toda la información vinculada con su identidad.

Jordi Baron Rubi en esta serie materializa las ideas que lanzó el político y científico francés François Arago en 1845 “Ya no será indispensable emprender largos viajes para ir a la búsqueda de tipos humanos […] vendrán ellos mismos a nosotros debido a los progresos incesantes de la civilización. Nuestras ciudades nuestros puertos nos los muestran de forma constante [los tipos humanos]. F. Arago propuso a los antropólogos de la época aprovechar los flujos migratorios que había en el siglo XIX debidos a la actividad colonial para fotografiar a los otros. 150 años después, el autor se aprovecha de los flujos migratorios de nuestra era global y adopta la metodología de los antropólogos de campo e inicia una campaña fotográfica, pero en lugar de plantar la tienda en un lejano poblado, instala su estudio en una playa de Barcelona, donde realiza un inventario de los diferentes tipos que encuentra en este espacio de recreo de la ciudad.

Realiza las tomas contra un fondo blanco que le sirve para descontextualizarlos, los coloca siempre en la misma posición e inserta un número de referencia. A través de la iluminación y de las características de la cámara, obtiene unas imágenes precisas, llenas de detalles de unos personajes desprovistos de referentes, aparentemente son retratos muy próximos a las prácticas para archivos coloniales, pero éstos son desposeídos del carácter represor que tenían en su origen ya que este tipo de fotografías y documentos estaban destinados a la identificación y al control. El creador no acompaña las fotografías con la ficha en la que se incluían los datos vinculados con la identidad de los fotografiados como: nombre, nacionalidad, medidas físicas, etc… Parte del anonimato de los personajes que fotografía para crear un atlas multicultural en el que nos muestra la diversidad y la complejidad de una ciudad en que los fenómenos migratorios están cambiando los escenarios de relación, la fisonomía de sus habitantes

Los retratos de Jordi Baron Rubi, a pesar de su apariencia, no hacen referencia de forma exclusiva a la tradición que ha habido del estudio fisiognómico de los rasgos físicos o raciales, sino que se apropia de una estética científica para evidenciar la ambigüedad de la fotografía, de sus usos. Sus fotografías están inscritas en un discurso más amplio en el que hay citas vinculadas a las prácticas de los archivos coloniales, pero también hay muchas otras que hacen referencia a la evolución del género del retrato, cuestionan las políticas de representación que han ejercido las culturas dominantes al mismo tiempo que reinterpretan el valor cultural y artístico que han tenido ciertas fotografías en la historia de la fotografía y del arte, porque la fotografía es un medio de identidad cambiante.

 

Juan Naranjo

Historiador de la fotografía y comisario independiente